sábado, agosto 01, 2009
Aquí: BOSQUIHUMANO
jueves, junio 18, 2009
¡Danzad, palmeras!

Y danzan con la sensual locura que transporta la luz del anochecer y el denso perfume del mar adormecido. Es la hora, el tiempo de la danza en la playa habitada por una humanidad que no siente, y por ello ni oye ni ve. Gentío invisible desterrado a las islas mínimas de cada soledad. Y sin embargo la suya no existe. Camina el grupo bajo las palmeras que danzan como lo hacen los peregrinos, dirigidos al destino final sin el cual el camino pierde todo sentido y solamente es polvo. Nada perciben y sus voces de alegría las engulle la brisa que se las ha de llevar mar adentro. Con la noche que viene se habrán ido. He aquí, se dice, la danza, música silenciosa que se ve, ceremonia sensual. A él está dedicado ese cimbreo hijo del aire y a los pies de ellas parecen dirigirse las apacibles olas humilladas. Se cierne en derredor el manto de seda ligera como si fuera Cos, que es el crepúsculo. En la cercana lejanía que le rodea estallan en el aire los cohetes que anticipan la fiesta. En una semana la noche pagana del verano abrirá sus entrañas al navegante que vuelve del destierro. Diez años ya, atado al mástil que es todo el barco, tapados los oídos con cera para no oir los cantos de atracción implacable. ¿Quien no dejaría a Penélope en su tragedia y arribaría a esta playa en la que danzan las palmeras? No importa oir la música que hay que adivinarla en ese perceptible movimiento de las ramas que en el aire elevan su saludo y cantan su llamada.
martes, junio 02, 2009
La Casa del Padre. 3 - Una de dos.
La patria, que aquí conviene escribir con minúsculas, es una de ellas. Se la puede adivinar en portadas de periódico en blanco y negro, en desfiles marciales, en asentimientos protegidos por "la seguridad del silencio" -como diría Schmitd cuando se discutía sobre su pasado nazi-, en los libros de historia, páginas iniciales en un Catón o en "España es mía" que se leía en clase. Patria a la que amar por encima de todas las cosas; patria por la que dar la vida ya desde muy antiguo, que dulce y decoroso es morir por ella, como escribiera Virgilio; patria de la que sentirse orgulloso; patria de ejemplar historia, de gloriosa historia a través de la que se alcanzó la fama universal; la patria como razón de ser; la patria diferente; la patria madre; la patria unidad de destino en lo universal, siendo también el tiempo parte de esa universalidad. Patria que excluye a los que no la aman y es ella quien decide lo que es el amor y la que ejerce el desprecio.
No importa, piensa el hombre del Padre, que esas imágenes lleguen de un blanco y negro hijo de la época, pues con el tiempo se han iluminado con el gris de la mediocre mezquindad. Cuesta ver en todo ese diluirse la puerta de lo sublime, que pareciendo un enunciado irrenunciable es a fin de cuentas un espacio vacío lleno de nada, o la nada misma, la nada en sí, un hueco como un desagüe por el que se van las cosas pensadas dejando un rastro de baba, que es el recuerdo. Han quedado los filamentos adheridos a la carne viva de la vida y aunque la inteligencia pueda desearlo, no hay dedos ni fuerzas suficientes para arrancarlos. No haría eso una herida sangrante, sino que como trozos de mineral dejarían zonas petrificadas, adheridas ya para siempre. Lo que fue deja rastro.
Conviene también ir más allá, a la patria del silencio que se alimenta de la historia secreta de la resignación, nunca de la renuncia. esa es la patria de la cocina en la que se habla de ella, se muestra el umbral de lo sublime que algún día se habrá de alcanzar, el sueño de futuro, la voluntad de ser que se explica en voz baja, que se evidencia en gestos secretos, en palabras que solamente comprenden los iniciados. Somos y seremos es el lema matricial de esa consideración; identificada la una es fácil identificar a la otra como enemiga a través de los tiempos, eterna enemiga, invasora de las ideas, negadora de los sentimientos, aplacadora de las emociones. Una, grande y libre, se describe la primera. Desesperada y triunfante se intuye la segunda.
Crece el niño en esa dicotomía, pues lo es, incapaz de resolver esa duplicidad poniéndose de parte. ¿Cómo hacerlo? Habitará en los refugios secretos de la cultura de ambas y a ambas amará dejando a un lado los símbolos triunfales o los deseperanzados. Las palabras le llevarán a los libros y en ellos habitará. He ahí otro ámbito de "la seguridad del silencio". Devendrá la vida en esa esquizofrenia siendo el nilño incapaz de establecer lo bueno y lo malo, el bien y el mal. Solamente con los años, los muchos años, alcanzará comprender, piensa el Hombre del Prado, que todo ello es cosa de la voluntad de poder de una y otra, de los unos y los otros, y que el refugio seguro fuera en su tiempo el tomar partido, aunque incapaz de ellos y habitando en las culturas, reconozca que ahora es ya tarde para ello.
De ahí que el bosque o el mar sean la patria deseada. Hoy.
viernes, mayo 22, 2009
La Casa del Padre. 2 - Credo.
Tal vez no sea esta una cuestión metafísica, ámbito para el que el hombre del Prado está poco dotado, sino de una realidad vital conformado sobre las creencias: dios y patria, para empezar. Nosotros, para empezar. Eros como represión. Los otros.
Ordenados en los pupitres que muestran las toscas cicatrices grabadas con plumilla de la inocencia perdida, recuerda el recitado del Credo. Esto no tiene que ver con lo cristiano, se dice, sino con la instalación del concepto creer, pues "creo en dios padre", es decir: creo. He ahí el rito de iniciación a una vida que avanzara inadvertida, dejando senderos perdidos entre las brumas de un bosque que se adivina proceloso. Conviene dejar esto en claro, que ese "credo" inicial alcanza a lo más grande, pues conviene empezar a creer sin barreras en lo más poderoso y al mismo tiempo aquello que más rebañará las aristas de la futura rebelión: creer en el padre, en su obra imponente, en la línea sucesoria de la familia, en la jerarquía del origen privilegiado que determina al héroe, pues ¿no es ese el destino de Cristo? Y en el destino final de redención y ascenso a los cielos, que solamente estará al alcance de los que creen, destino de la fortuna, de la perseverancia y de la fe.
Y sin embargo, aquel niño no creía y recitaba desde fuera de la ceremonía, espectador, siempre espectador como un privilegiado y maldito asiento de primera fila.
jueves, mayo 21, 2009
La Casa del Padre. 1 - El espacio por delante
El paisaje del mar y el paisaje del bosque son diferentes. Habla del bosque para evidenciar un espacio amueblado hasta la saciedad, ocupado por todos los objetos que ocupan sus lugares y dejan los espacios vacíos necesarios para que el caminante se inserte en aquel, sea parte de él. El bosque no llama, acoge, no espera, discurre indolente y receptor. El mar es otra cosa, se muestra como un territorio de vacio inmenso, casi la nada, un recipiente vacío salvo por la luz y la superficie del agua. Hay calima y se diría que más allá puede encontrar la vista algo más, bastará que se levante la bruma cargada de polvo africano que da a todo un resplandor dorado. Pero no es así, se levanta, disuelve, se pierden sus jirones por el ámbito y más allá la nada se ha expandido, se alejan los límites, no los hay si la vista no los encuentra. Hablamos del pensamiento, que resume la naturaleza en puras metáforas.
El mar como la casa. Cambiar de casa, dejar el bosque y asomarse al fulgurante espectáculo de un lugar vacío en el que habrá que habitar con las pocas pertenencias que ofrecen el cuerpo y la mirada. Porque es fulgurante y engaña, que fulgor es reflejo y este, incorpóreo, es fugaz: está y ya no. El Hombre del Prado ya no es de allí, ya no es aquel que presumía de contemplativo, cómodamente arropado por el mobiliario de robles y pinos, abetos, senderos, ardillas, regatos de agua y el rumoroso sonido que viene a convertirse con el tiempo en un silencio sonoro. El Hombre del Prado tuvo otra casa y acabó por desamueblarla. Lo llamaba deconstrucción y ha tardado un tiempo, casi tres años, en entender que deconstruir es vaciar para llegar al puro esqueleto de las cosas: la nada.
Habrá que volver a la casa del padre, se dice, sintiendo que es el pródigo al final del camino de ida. Si no es con metáforas no sabe hablar, no puede escribir. Un hombre es una imagen y dentro de ella un vacío amueblado de heterogeneidad. Se dice: cuanto más consecuente más perdido. Entonces, ¿qué? Cabe exigirse apartar esa sensación de nadear, pues solo puede hacerlo lo que es nada, y eso no es. Juegos de palabras, al final tonterías. Un hombre se aferra a lo que es, orgulloso o no de su andadura; un hombre se aferra, piensa, a lo que siempre ha sido. Memoria e intención. Ya está, he ahí, como puede mentirse uno cualquiera, vanidoso de sí mismo, convencido de su lealtad permanente a la bondad, cualquiera que esta sea, o a la belleza.
Está pues en la casa vacía en la que la luz arrasa los perfiles de lo que no existe, disuelve los límites. Tiene la intención de escribir sobre este lugar al que ha llegado, despacio, sin precipitar ninguna conclusión, por acogedora que pueda parecer. Las puertas más acogedoras ocultan la misma incertidumbre que los umbrales foscos y tenebrosos. Hay que empezar por establecer una sola premisa, una afirmación que sirva de punto de partida. Da con ella sin ningún esfuerzo, pues es tan vasto el vacío que puede, por fin puede, ver con claridad los detalles del almacén sin existencias, porque todas ellas han llegado a su fecha de caducidad. Eso tiene la vida, se diría alegremente, que todo lo que se emprende llega a su autoliquidación, por valioso que sea. Pero no quiere olvidar la premisa que habrá de servir de arranque a este deambular por la playa, el mar, el entorno. Viene la idea como el rayo y sabe que es mentira, porque siempre lo ha sabido: en realidad nunca ha creído en nada.
viernes, mayo 15, 2009
Goyerri
Este blog ha perdido la compañía que lo inspiró, el caminante por el bosque sin vocación, refunfuñón, irónico, tiranuelo y tierno, lúcido, simple, comilón , egoista y generoso y amigo de todos. Probablemente el blog haya perdido el sentido, de hecho hace ya un tiempo que esto es así, y también el mismo bosque y el prado se hayan transformado.
Habrá que ver ahora.
jueves, mayo 07, 2009
La Nostalgia ya no es lo que era. (Simone Signoret)
"Finalmente, no ha venido la Revolución" le dijo el Joven, sentado relajadamente mirando el mínimo paisaje del jardín.
Junto a él, Goyerri, dormitaba pendiente de la visita, entregándole tiempo y dedicación en un desvergonzado afán de protagonismo. La salud del perrillo no aconseja decirle las cosas claras y señalarle cual es su lugar en la casa, com tampoco es aconsejable someterlo a las emociones del salir y entrar, porque en la emoción del reencuentro tiene colapsos y caer redondo al suelo, deja de respirar, y hay que reanimarlo con caricias y palabras suaves.
En las palabras del Joven intuye el Hombre del Prado una cierta hostilidad, pero ya se sabe que la intuición es algo que surge de uno y por lo tanto puede, más que una percepción, ser un prejuicio. Lo cierto es que tiene razón al decir que no vino la Revolución. Hay aquí un tema semántico que vale la pena matizar, piensa quien escribe. Para uno la Revolución no vino, como si se tratara de un sujeto histórico dotado de andares y personal voluntad. Para otros no la trajeron, asumiendo que eran otros los que tenían que mover el inmenso y pesado edificio de la historia o de la contrahistoria, según se mire.
En el caminar del bosque, muchas veces ha recordado los sueños revolucionarios que le han abandonado ya, cuando los ha examinado a la luz de la melancólica serenidad. Ética y estética, a cual más importante, a cual más a flor de piel, quedaron diluyéndose en un tiempo en que la bandera roja de Bertolucci se sobreponía a la figura de Lenin hablando a los soviets apasionadamente, las manos apoyadas en una barandilla, el cuerpo inclinado hacia delante y su derecha, el blanco y negro ofreciendo los colores de la nostalgia.
Habla el Joven mientras acaricia con la punta de los dedos el lomo de Goyerri, que a estas alturas, es una cubierta de piel sobre un rosario de vértebras. Él se deja, claro. El Hombre del Prado escucha a quien habla al tiempo que oye la voz de Leonard Cohen cantando su versión de la de Ferré, The Partisan. No puede por menos que darle la razón a este chico de treinta años que se explaya explicando uno por uno los males revolucionarios frente a las virtudes públicas de la modernidad democrática. ¡Claro que sí!, se dice, y se exhorta a no caer en la trampa de la dialéctica, ahora que justamente lo que suena es esa maravillosa canción que es Suzanne. El ánimo lo muda una melodía, una voz que narra el sueño imposible. Se dice que también el amor es revolucionario y todo lo trastoca, como la nostalgia.
Asiente con la cabeza a lo que el Joven expone. Lo sabe, y participa de ese saber. Es la hojarasca del bosque, piensa, todo lo que se sabe no es sino la hojarasca que cubre el sendero y lo dora cuando el sol bajo de la tarde atraviesa el espacio entre ramas. No quiere escribir la palabra "pero", que tiene en la punta de los dedos, en la punta de la lengua frente al otro, en la punta de las neuronas. No opondrá el adverbio a la verdad de la historia, pero en silencio recordará a esa inmensa legión de gentes que creyeron que el mundo podía ser mejor cuando era muy malo, y dieron su fe, a fin de cuentas hay que tener fe en algo, a esa hermosa bandera roja que Bertolucci despliega al terminar Novecento, en una secuencia que es, ciertamente lo es, la escenificación del fin de un sueño redentor. A fin de cuentas, frente a la Revolución mastodóntica e imposible existe, renovada permanentemente, la redentora ilusión de los humildes.
